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  • Foto del escritorJosé Asunción Sáchez Mendoza

Grupos.

Cada grupo ha supuesto un reto y una experiencia, de momento, irrenunciable. No obstante, hay grupos a los que ya no quiero pertenecer.
por Shon José

Algunos grupos son como los calzoncillos que ya no me quedan: cubren, sacan del apuro, pero dejan marca y aprietan un huevo. O dos. Sin embargo me hacen bien los grupos, pese a que no me considero una persona que se caracterice por ser muy sociable. Justo por eso me hacen bien, porque he sido tan solitario que los demás me han sacado de mi bella y hermosa comodidad. Mi familia ha supuesto un reto para poder convivir con amor y cariño. Mis amigos me han puesto frente a situaciones ante las cuales prometí no estar y, gracias a ellos, estuve. Cada grupo ha supuesto un reto y una experiencia, de momento, irrenunciable. No obstante, hay grupos a los que ya no quiero pertenecer. Luego te diré a cuáles.


Durante toda mi temprana juventud busqué grupos que tuvieran ambientes ante los cuales pudiera yo exclamar: “¡por fin estoy en casa”.

Primero busqué modas, y di con los que bailaban las rolas del momento, con los que se vestían como los de Linkin Park, con los que entrenaban break dance, con los que coreaban las rolas de molotov. Después encontré a los impopulares, a los que se mueven en las periferias, a los renegados, a los invisibles, a los marginales; y fui a parar en las garras de la trova, de la dulzura triste, de los que tocaban guitarra y bongos, de los que se embriagaban de atardeceres, lunas y amores fallidos. Por eso fue fácil dar el salto al arte, donde me topé con los bohemios, con los sibaritas, con los exquisitos, con los intelectuales, con los que escriben y usan sombreros de pueblo mágico.


Cuando menos lo esperé estaba al lado de los de siempre, con los de la banda, con los que creen en el mismo Dios que yo, con los que caminan las mismas calles que yo, con los que luchan batallas similares a las mías, con los que ríen a carcajadas y bailan sin miedo al ridículo, con los que beben caguamas en la banqueta y al mismo tiempo sofisticados cocteles en las terrazas…


No te voy a mentir, algunos de esos grupos fueron tribus, otros manadas o sectas, pero a todas ellos los englobo en la idea que tengo de comunidad. Ahora no siento la necesidad de pertenecer a algo y mucho menos a nadie, a veces ni a mí mismo. Y no por malas experiencias, sino porque que he dado el paso a construir comunidad en lugar de encontrarme con una ya hecha.


Algunos grupos son como los calzoncillos que ya no me quedan: aprietan, molestan y no sé exactamente para que los sigo teniendo.

En concreto los grupos de WhatsApp. Todos y cada uno de ellos. Los del trabajo, el de la productora, el de los directores, el de los amigos, el de la familia. Hasta tengo un grupo conmigo mismo, disque para mandarme cosas personales como tikets, facturas, fotografías, datos, recordatorios, la lista de lo que tengo que pagar, la lista de lo que tengo que comprar, citas. En total son como unos quince. Y me parecen muchos, ya que me he salido de unos siete.


No sé si has visto aquellos reels de Instagram en donde te lanzan un conjuro, una profecía o una adivinación. Con una voz robótica de inteligencia artificial te dicen algo más o menos así: “¿Querías una señal? Esa persona no deja de pensar en ti. Al final te diré quién es. Esa persona te tratara”, sí así:“tratara”, porque la persona que escribió el texto no le puso tilde al verbo “tratará”. “Esa persona te tratara como como trates este audio. Decrétalo en los comentario y usa el audio aunque lo dejes en privado y esa persona te dirá que está muy arrepentida y te “confesara” su amor. Esa persona es el tercer contacto de WhatsApp al compartir”. Seguro que con alguno de estos reels o tik toks, te has topado, seguro.


Estos videos me dejan claras dos cosas, una, que hay una gran tribu, manada o sector que podríamos nombrar como los “malamores”, personas que siguen degustando el amargo recuerdo de un amor. Grupo al que, según estudios de la universidad de Toronto, yo no pertenezco. La segunda cosa que me queda clara es que, aunque hiciera caso a ese tipo de reels, no funcionarían en mí, ya que las primeras quince conversaciones que tengo son en los grupos de WhatsApp. No hablo con gente, hablo con grupos.


Hasta cierto punto, los grupos de WhatsApp son invasivos. Ya no es una red social, ni siquiera un medio de comunicación rápida.

Para mí se ha convertido en un instrumento asfixiante, ya que tengo que invertir bastante tiempo para “leer” mensajes que a veces no me importan: saludos de quince miembros de un grupo donde todos se creen super positivos, mil ocho mil notificaciones con la palabra “enterado” de otros veinte contactos, y un sinfín de letras, imágenes, enlaces, emojis, estiquers.


Uno de los más grandes problemas de esos grupos es que están activos durante gran parte del día y sin horario. Por lo que en momentos importantes puede llegar el mensaje más insignificante y en el momento más tranquilo puede llegar el mensaje más importante y urgente. Un mensaje puede llegar a las cinco de la mañana o las once de la noche, y entre las reacciones y las respuestas la pantalla de mi celular se atiborra. Me cansan las notificaciones.


Esto ha ocasionado el desarrollo de una repulsión de mi parte hacía WhatsApp. Cada vez lo uso menos. Cada vez contesto menos. Entre tanto grupo y tanto mensaje, cada vez me cuesta más encontrar a esa persona especial a la que le quiero enviar un “¿cómo estás?”, un “te quiero” o un “¿te puedo ayudar en algo?”. Cuando encuentro a ese contacto especial, al que tengo agregado porque de verdad lo quiero, veo por un buen rato su foto, sus estados, todo, y me siento culpable porque no sé exactamente el motivo por el cual no le contesté o ni siquiera leí el mensaje. Sé que tengo que mostrar mi amor y mi aprecio con el hermoso detalle de darme un tiempo para saludar, escribir o quedar. Lo sé.





Pero cómo puedo explicar que los numeritos rojos que indican la cantidad de mensajes me causa ya no un TOC sino una alergia. Incluso un agobio. ¡Cómo explicar que todo mundo quiere una respuesta que yo no tengo, una atención que no me incumbe y una palabra que no entiendo?


Estar atendiendo y pendiente de tanto grupo me roba la energía de contestar a las personas que amo.

Y es que no puede desatender mi trabajo, con eso pagaré las chelas y los cafés que tengo pendientes con medio mundo. ¿Cómo explicar la paradoja?


Tal vez por esta razón se me dificulta más y más poder entablar una conversación por WhatsApp. En general me cuesta en todas las redes sociales. Mis preguntas son simples, mis respuestas cortas y mis silencios largos.


Por eso hoy quiero pedirte perdón por ese mensaje que no he contestado o que ni siquiera he leídos. Tal vez me llegó en el lapso donde tuve que silenciar mi teléfono movil. Tal vez he estado muy ocupado en ver mis grupos y en decidir de cuál de ellos me saldré. El resto del tiempo lo invierto en esperar a que esa persona me conteste a ese “¡hola!, ¿cómo estás?” que le escribí hace días. Tal vez también tiene muchos grupos y no me puede contestar.


Todo este rollo es para decir que a los grupos a los que no quiero pertenecer es a los que están formados por personas que han perdido la esparza y la ética. Tampoco quiero pertenecer a los grupos de WhatsApp.

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